La universidad como signo de nación: 241 años de la ULA en la escritura de Venezuela

 

La universidad como signo de nación: 241 años de la ULA en la escritura de Venezuela

El Dr. Luis Javier Hernández Carmona fue el orador de orden de los actos centrales en el estado Trujillo por los 241 años de la ULA (Foto: CC)


Por:

Dr. Luis Javier Hernández Carmona,

orador  de orden en el estado Trujillo

durante los actos centrales
por los 241 años de la ULA

Villa Universitaria del NURR,

8 de abril de 2026

 

Distinguidas autoridades, personal docente, administrativo, obrero, estudiantes, egresados, invitados especiales… amigas y amigos de esta casa… que hoy celebra 241 años de historia.

Comparezco ante ustedes con la emoción de quien vuelve a un territorio simbólico que lo ha formado, lo ha interrogado y lo ha acompañado

Permítanme comenzar con una pregunta para nada retórica: ¿Qué es una universidad? No la definición del diccionario ni la del decreto fundacional —esos son apenas el nombre del signo—, sino lo que una universidad hace en el mundo, lo que produce, lo que deja en pie cuando los gobiernos pasan y las modas intelectuales se extinguen.

Mi respuesta, desde la semiótica es la siguiente: una universidad es el dispositivo mediante el cual una sociedad se vuelve inteligible para sí misma. No solo enseña; interpreta. No solo forma profesionales; genera las categorías con que una nación se piensa, se narra y se proyecta hacia el porvenir. En ese sentido, la Universidad de Los Andes no es una institución que acompaña a Venezuela: es uno de los textos fundamentales con los cuales Venezuela se ha escrito a sí misma durante 241 años.

En síntesis: Una universidad no es un edificio ni un decreto: es el signo más complejo que una comunidad puede producir sobre sí misma.

Desde esta concepción, la Universidad de Los Andes no es solo un conjunto de edificios, ni un archivo de memorias, ni un inventario de logros académicos. La ULA es, ante todo, un signo vivo, un texto en permanente reescritura, un relato colectivo sostenido —a veces con serenidad, a veces con dolor— durante casi dos siglos y medio.

Más aún, hoy bajo el lema “Una universidad, un país”, celebramos no solo un aniversario, sino una correspondencia profunda: la idea de que la universidad y la nación se reflejan mutuamente, se condicionan, se explican, se necesitan.

En tal sentido, hay fechas que no solo marcan el tiempo; lo significan, tal cual lo ha hecho la Universidad de Los Andes en estos 241 años de vida. No digo «existencia», digo vida: porque lo que aquí late no es una institución burocrática sino un sistema de signos vivos, en permanente producción de sentido.

Permítanme, leer este aniversario desde la semiótica, como se lee un texto mayor, para buscar no solo lo dicho, sino lo significado. Porque nuestra universidad no ha sobrevivido a pesar de Venezuela; ha sobrevivido como Venezuela, con Venezuela, siendo Venezuela.

I. Dimensión histórica: la universidad y la memoria crítica

La ULA nació en 1785, en un territorio que aún no era república, pero ya soñaba con serlo. Desde entonces, ha sido testigo y protagonista de los grandes ciclos de nuestra historia: la independencia y sus tensiones, la construcción del Estado republicano, los avances y retrocesos democráticos, las crisis económicas, los desplazamientos sociales, los debates culturales que han definido nuestra identidad.

Cada época ha dejado marcas en nuestra institución, pero también esta institución deja marcas en cada época. La ULA ha sido archivo y conciencia, memoria y resistencia, laboratorio y refugio ante las sombras del presente. Aquí en Trujillo, ciudad de paz, santos y sabios, entendemos la universidad a modo de ancla que impide que el pasado se convierta en olvido.

II. Dimensión académica: el saber encarna un acto de libertad

En tiempos donde la información se multiplica, pero el conocimiento se fragmenta, la universidad sigue siendo uno de los pocos espacios donde el pensamiento puede ejercerse sin pedir permiso. Aquí se aprende a dudar, a argumentar, a investigar, a crear, a desobedecer inteligentemente. En este sentido, la semiótica nos enseña que todo acto humano es un acto de interpretación. Y la universidad, en su esencia, es el lugar donde una sociedad aprende a interpretarse a sí misma en sus símbolos, narrativas, silencios, fracturas y posibilidades. Por eso la universidad no es un lujo. Es una infraestructura de futuro que sostiene el peso de nuestra crisis.

III. Dimensión social y política: la universidad como espacio público

La ULA ha sido históricamente un territorio donde convergen voces diversas, a veces disonantes, pero siempre necesarias. En un país donde la polarización ha intentado reducir la complejidad a consignas, la universidad recuerda que la pluralidad no es un problema: es una condición de la democracia. La Universidad de Los Andes ha sido, a lo largo de su existencia, un territorio de pluralidad. En sus aulas han convivido ideas diversas, perspectivas distintas, debates intensos. Esa diversidad no es un obstáculo: es una condición de la vida democrática.

La autonomía universitaria —conquistada, defendida y reafirmada— no es aislamiento, sino responsabilidad. Es la garantía que la universidad puede cumplir su misión sin subordinaciones indebidas, guiada únicamente por los principios de la razón, la ética y el interés público. Aquí se aprende a debatir en la más plena convivencia. Aquí se comprende que la crítica no destruye: afina.

IV. Dimensión económica: la universidad, un motor de desarrollo

En un país que busca reconstruir su tejido productivo, la universidad es un actor insustituible e indispensable, pues, no hay desarrollo sostenible sin ciencia. No hay innovación sin investigación. No hay progreso sin formación de excelencia.

La ULA ha generado profesionales, investigaciones, tecnologías y proyectos que han sostenido —y sostienen— sectores enteros del país. La ULA ha contribuido históricamente al desarrollo de Venezuela mediante la generación de conocimiento, la formación de talento humano y la creación de soluciones para los problemas del país. Aun en medio de dificultades, ha demostrado que la excelencia es también una actitud, una convicción y un compromiso
Aun en medio de precariedades, ha demostrado que la excelencia no depende solo de recursos, sino también de convicciones.

V. Dimensión cultural: la universidad, un territorio simbólico

La cultura es el alma de una nación, y la universidad es uno de sus principales custodios. Aquí se han formado escritores, artistas, científicos, pensadores y líderes sociales que han enriquecido el patrimonio intelectual del país. Aquí se han debatido los sentidos de lo venezolano, lo andino y lo latinoamericano.

En tal caso, la literatura, la filosofía, las artes y las humanidades no son ornamentos: son lenguajes que permiten comprender la complejidad del mundo y de nosotros mismos. La ULA ha sido, y sigue siendo, un faro cultural para Venezuela. La literatura latinoamericana nos recuerda que los pueblos se narran para no desaparecer. La universidad, entonces, es el lugar donde una nación aprende a contarse mejor en todos sus sentidos y dimensiones. La ULA ha defendido la idea de que la cultura no es un accesorio, sino un lenguaje de supervivencia que nos permite seguir siendo humanos en la precariedad.

VI. El diagnóstico y la esperanza

En este sentido, un discurso de orden que eludiera la crisis sería un discurso deshonesto, y la universidad es, ante todo, el lugar de la honestidad intelectual. Digámoslo sin eufemismos: Venezuela atraviesa un proceso de deterioro civilizatorio cuya profundidad no tiene precedente en la historia republicana. La universidad pública ha sido uno de sus escenarios más dolorosos. Presupuestos irrisorios. Salarios que no alcanzan para vivir. Infraestructuras deterioradas. Una diáspora académica que es, simultáneamente, la prueba del talento que produce esta casa y el reproche más severo al abandono que ha padecido.

Pero —y esto también hay que decirlo, porque la semiótica nos enseña que los signos tienen múltiples caras— la crisis ha revelado algo que los tiempos fáciles suelen ocultar: la profundidad del arraigo de esta institución. Una universidad que solo funciona cuando el Estado la financia bien no es una universidad: es un organismo dependiente. La ULA ha demostrado ser algo más que eso. Ha hecho de la vocación por el conocimiento una resistencia para desafiar las adversidades y conjurar los acechos.

No podemos hablar de semiótica sin hablar de los cuerpos que sostienen el sentido. El "signo ULA" no flota en el vacío. Se hace carne en el estudiante que desafía las distancias y la falta de transporte para llegar al aula, en el trabajador que mantiene en pie el recinto a pesar de las carencias, y en el profesor que produce pensamiento con la misma terquedad con la que el frailejón resiste el frío del páramo. Esta universidad es, ante todo, un acto de voluntad humana que se niega a ser silenciado por la estadística o la precariedad.

Mario Briceño Iragorry escribió en 1951, desde el exilio, su Mensaje sin destino: un diagnóstico lúcido de la «crisis de pueblo» venezolana. Setenta y cinco años después, su pregunta sigue en pie: ¿somos capaces de asumir nuestra historia completa —con sus grandezas y sus fracturas— como condición de posibilidad para un futuro distinto? La respuesta a esa pregunta no la dan los gobiernos. La dan las universidades. La dan los maestros que siguen enseñando. La dan los estudiantes que siguen llegando.

VI. Proyección futura: la universidad a modo de promesa

Si algo nos enseñan 241 años es que la ULA no ha sido jamás una institución pasiva.
Ha sido un sujeto histórico. Y hoy, cuando Venezuela se encuentra ante la necesidad urgente de imaginarse de nuevo, la universidad tiene un papel decisivo. El futuro exige: nuevas formas de investigación, nuevas alianzas, nuevas pedagogías, nuevas tecnologías, nuevas maneras de habitar lo público. Pero también exige algo más profundo: una ética de la esperanza. La esperanza no como ingenuidad, sino como proyecto. No como consuelo, sino la imprescindible tarea a no seguir postergando.

Hablar de futuro, hoy, exige un coraje que bordea lo heroico; requiere la voluntad de sostener la mirada donde otros la retiran. Sin embargo, la Universidad —fiel al espíritu de los griegos que concibieron la theoria no como mera abstracción, sino el acto sagrado de «contemplar la totalidad»— sigue siendo el único recinto capaz de practicar la visión largalucidez. Es aquí donde el tiempo deja de ser una sucesión de urgencias para convertirse en un horizonte de posibilidades, al transformar la crisis en el sustrato de una nueva semiosis social.

La universidad futura deberá ser más abierta sin ser menos rigurosa. Deberá dialogar con las tecnologías emergentes sin abdicar del pensamiento crítico. Deberá internacionalizarse sin perder su enraizamiento andino, venezolano, latinoamericano. Deberá ser más justa con sus trabajadores y más accesible para sus estudiantes. Deberá reinventar el contrato social que la une con la sociedad que la sostiene y a la que ella sirve.

Pero, sobre todo —y aquí regreso al eslogan que nos convoca— la universidad debe seguir creyendo que su destino y el destino del país son inseparables. Que no hay universidad de excelencia en un país en ruinas, y que no hay país con futuro sin universidad que lo piense.

VII. “Una universidad, un país”: la síntesis

El slogan que hoy nos convoca —Una universidad, un país— no es una metáfora decorativa. Es una proposición de identidad que merece ser leída con toda la seriedad que le daríamos a un texto de Bello o de Bolívar. El lema de este aniversario no es una metáfora. Es una ecuación semiótica: lo que ocurre en la universidad repercute en el país,
y lo que ocurre en el país repercute en la universidad.

Llegamos al corazón de esta celebración, al signo que la convoca: Una universidad, un país.

Propongo leerlo con la lentitud que merece todo signo denso. Hay en él, en primer lugar, una decisión gramatical que no es inocente: el artículo indefinido. No dice «la universidad», el artículo de la unicidad absoluta, del monopolio simbólico. Dice «una»: la universidad que somos nosotros, pero también saluda así a las universidades autónomas hermanas, todas las que han resistido. El artículo indefinido es, aquí, un gesto democrático: reconoce que el conocimiento no tiene propietario exclusivo.

En segundo lugar, hay una coma —ese signo tipográfico que nunca es inocente— La coma separa «una universidad» de «un país» sin romper la proposición. Crea una pausa, un espacio de respiración entre dos realidades que no son idénticas pero que tampoco pueden vivir la una sin la otra. La coma dice: somos distintos y somos inseparables. La universidad no es el Estado. La universidad no es el gobierno. Pero la universidad sí es la nación: esa comunidad imaginada, para usar la categoría de Benedict Anderson, que se narra a sí misma en el tiempo.

Y, en tercer lugar, la sintaxis del eslogan no declara una jerarquía: no dice «el país necesita la universidad» ni «la universidad sirve al país». Dice que son equivalentes, que se implican en simultáneo. Esa es una proposición filosóficamente exigente: no puede haber un país consolidado sin universidad libre, ni universidad con sentido sin un país a quien servir y con el cual crecer.

Umberto Eco decía que la cultura es, fundamentalmente, un proceso de significación: el modo en que una comunidad se nombra, se narra y se proyecta. En ese sentido, la Universidad de Los Andes es el signo más complejo, más rico, más necesario que Venezuela se ha dado a sí misma en estas tierras de los Andes.

Doscientos cuarenta y un años después de aquel primer enunciado fundacional, el signo sigue activo, sigue produciendo sentido, sigue resistiendo. Y mientras ese signo exista, mientras estas aulas se llenen de voces jóvenes que preguntan y de maestros que no tienen miedo de responder, Venezuela tendrá razones para creer en sí misma.

Por eso, con todo el peso de esta historia y toda la esperanza del porvenir, me atrevo a leer el eslogan de hoy no como consigna sino como pacto: Una universidad, un país. No la universidad de algunos. No el país de pocos. Una. Un. El artículo indefinido como promesa democrática: la que nos incluye a todos. Un pacto donde la universidad ofrece la luz del pensamiento crítico y el país se compromete a no dejar que esa lámpara se quede sin aceite.

Pues, si la universidad se fortalece, el país lo hace. Si la universidad se debilita, el país también. Si la universidad se abre, el país respira. Si la universidad se cierra, el país se asfixia. Por eso pensar desde la universidad es pensar una nación más justa y equitativa.

VIII. Cierre: un país posible

Hoy celebramos 241 años de una institución que ha sobrevivido a guerras, crisis, dictaduras, migraciones, incertidumbres. Y aquí sigue. De pie. Pensando. Creando.
Interpretando. Soñando. La ULA es una prueba viviente de que Venezuela tiene futuro.

Que este aniversario no sea solo una fecha en el calendario, sino el día en que renovamos el pacto de no rendirnos. Porque mientras exista una universidad que enseñe a pensar, existirá un país que pueda reconstruirse.

Una universidad, un país. No como consigna, sino como destino compartido.

Muchas gracias.

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